TINA
Allí estaba el paquete. Lo descubrió nada más llegar a su habitación, los colores brillantes del envoltorio resplandecían. Era el día de su cumpleaños y alguien se había adelantado a los demás invitados. Su curiosidad se impuso y decidió abrirlo inmediatamente. Lo hizo con cuidado doblando el papel delicadamente y lo desjó sobre la mesa reservándolo para alguna otra ocasión. Cuando por fin pudo ver el regalo, no pudo retener una exclamación de alegría y satisfacción. Era la chaqueta de piel que había visto la semana anterior, su hermana la acompañaba y la animó a probársela aunque no la comprara.
Pasó sus dedos por la prenda acariciándola con delicadeza, era una piel suave, maravillosa. En el interior descubrió una etiqueta "Made in Italy", pero le sorprendió que, disimulada entre una costura hubiera otra con una bandera desconocida para ella, pero en la parte inferior pudo leer en letras muy pequeñas "Bangladesh". Le extrañó mucho pero pensó que alguien había tenido la intención de que el verdadero nombre del país de confección no permaneciera anónimo. Lucía no desconocía la gran importancia de la industria de la confección en aquel país y de que numerosas empresas importantes de moda occidentales producían sus artículos en países emergentes o incluso subdesarrollados, además de en China, cuyos artículos invadían Europa.
Lucía no conocía nada de aquel país lejano, solo que se encontraba en algún lugar al norte de la India. También sabía que en Madrid había numerosos pakistaníes que regentaban restaurantes y tiendas de comestibles, pero ¿bangladesíes?, nunca había oído nada sobre ellos en la ciudad. Saliendo de su ensoñación y llevando la chaqueta sobre los hombros, se dirigió a su habitación; abrió su ordenador decidida a informarse sobre el país que acababa de irrumpir en su vida sin pedir permiso para ello.
YouTube le ofreció inmediatamente lo que buscaba. Quedó horrorizada por las condiciones en las que trabajaban los niños en las fábricas en donde se trataba la piel, desde el curtido hasta el producto final. Eran niños que apenas tenían diez años y no llegaban siquiera a los dieciocho. Se sintió aún peor cuando cuando supo que la mayoría de ellos no cumpliría los cuarenta años debido a los productos tóxicos que manejaban y que respiraban doce horas al día, o más. La mayoría había abandonado el colegio o no habían llegado a ir porque debían ayudar a la economía de sus familias. De nada habría servido hablarles de derechos humanos puesto que nunca habían oído hablar de ellos, ni de reivindicaciones, ni de seguridad, ni de horarios laborales. De nada había servido el derrumbe del edificio Rana Oplaza en 2013 en el que murieron mil cien trabajadores. Algunas grandes fábricas habían mejorado considerablemente las condiciones de trabajo, pero la mayoría continuaba obteniendo pingües beneficios arriesgando el mínimo capital. Con el corazón en un puño, Lucía buscó la forma de hacer algo, aunque fuese un granito de arena en un desierto.
Hacía un año que había apadrinado a Tina, seducida por su piel moren, sus ojos expresivos y su expresión risueña. Era estudiosa y se alegraba mucho cada vez que recibía noticias de su madrina. Como la mayoría de los niños en los países en dificultades, quería ser médica para ayudar a su familia y a la gente pobre de su país. Lucía deseaba que sus deseos se hicieran realidad y se henchía de gozo al pensar que, al menos Tina, tenía una posibilidad de salir adelante.
Camino Hacia la paz
Las puertas del metro se abrieron expeliendo multitud de personas que se precipitaban hacia destinos diversos y, quizá, desconocidos. Ahmed entorpecía el tránsito de esta marea humana semejante a un hormiguero repentinamente destrozado o aspirado por un oso hormiguero. Dubitativo, permanecía dubitativo en medio del andén sin que nadie reparase en él, pero evitándolo en su raudo tránsito.
De repente, una mujer interrumpió su camino y se situó a su lado. Consiguieron encontrar un idioma de comunicación y la mujer, que, como todos los viajeros llevaba prisa y no podía demorarse mucho tiempo, le indicó el camino para llegar a su destino. "¿Comprendes cómo hacer?" Sí, respondió Ahmed con rostro medio serio, medio agradecido, y aún inseguro.
Mientras caminaba por laberínticos pasillos, la mirada de Ahmed se esforzaba en reconocer el letrero con el color que la mujer le había indicado.
Su lentitud le dio tiempo a que la multitud desapareciese a su alrededor, pero un estruendo le hizo estremecerse como si le hubiera sacudido una descarga eléctrica en plano corazón, la voz estruendosa del megáfono, anunció algo que él no comprendió. Ahmed respiró profundamente y buscó con la siguiente señal con el color correspondiente.
Por fin encontró la línea que le correspondía y esperó hasta la llegada del metro. No se atrevía a preguntar si se encontraba en el lugar correcto por miedo a no ser correspondido, o algo peor, por lo que decidió situarse en un lugar desde el que vería fácilmente los nombres de cada estación según avanzaran. Era un viaje tranquilo que, aún así, no le causaba la serenidad necesaria para abandonar su estado de alerta. Sus ojos veían la carretera delante de él y también al hombre que conducía y que trataba de transmitirle confianza; los descansos para comer y desalterarse no lo conseguían y arrastraba el pesimismo de que, llegado a destino, le llevarían a un barracón en malas condiciones e insalubre antes de ponerle a trabajar de solo a sol en un campo.
Comprobó que el metro continuaba su trayecto y, por fin, llegaron a la estación en la que debía hacer trasbordo. La salida del vagón se produjo como la vez anterior. De nuevo se vio rodeado de gente que se convirtió en numerosos puntos oscuros. Se vio rodeado de negros como él encerrados en un receptáculo del que no podían salir, en el que debía quedarse sin esperanza de salida.
Su mente volvió a la estación del metro. La mujer le había indicado el nuevo color que debía seguir, lo hizo y en cuanto lo localizó caminó como si siguiera una flecha. Los viajeros se cruzaban con él y parecía que le interpelaban proponiéndole algo; igual que ayer en aquella plaza en la que esperaba junto a otros hombres a que alguna camioneta parase y les ofreciera trabajar aquel día. Con suerte, eso cambiaría, pero todavía no se atrevía a albergar esperanzas.
En el andén el que esperaba, un hombre le miraba interrogativamente y temió que le cogiera por el brazo y le sacudiera ofreciendo un precio por él. Cerró los ojos y esperó a que le vapulearan, pero no sucedió nada, en cambio oyó que el metro se acercaba. Esta vez solo debía desplazarse una estación y salir a la superficie. Sabía que la salida estaba indicada de color verde y hacia allí se fue.
Una vez en la calle, buscó con la mirada a alguien que le inspirara confianza para mostrarle el papel que llevaba con la dirección. Vio a un hombre mayor y, como sucedía en su pueblo en el que los mayores gozaban del mayor respeto, le interpeló postrándole la dirección. El hombre no parecía tener prisa y le acompañó hasta el lugar que estaba al lado de la estación.
Cuando traspasó la puerta de la organización indeciso, preguntó en el inglés de su pueblo. Pronto apareció alguien para atenderle. Entraron en una sala y le ofrecieron un vaso de agua animándole a hablar. Ahmed agradeció tanto que le trataran con cordialidad y que le inspiraran confianza y seguridad que dos grandes lágrimas se deslizaron por sus mejillas al tiempo que entre hipos contaba cómo había sido de Senegal un año antes con la intención de llegar a Europa en busca de una nueva vida, cayó en la red de un traficante de emigrantes en Libia y al no poder pagar los precios que le exigían, sufrió torturas y electrochoques obligándole a llamar a su familia para que le enviaran más dinero; al no poder hacerlo, lo vendieron a otros traficantes y tras ellos vino el mercado de esclavos. Le vendieron tres veces antes de que un hombre le comprase y le liberase; con él vivió un nuevo periplo de Libia a Túnez, de allí a Málaga u de allí a Madrid con una familia que no podía ofrecerle mucho, pero al menos estaba libre. Cada mañana iba a una plaza grande donde llegaban camionetas buscando peones diarios. Finalmente, un amigo de la familia le habló de una asociación asegurándole que allí le ayudarían.
La mujer que le atendía, le sonrió y le cogió de la mano diciéndole: "Ahora estás a salvo. Has encontrado la paz" Haremos todo lo posible para que también encuentres la nueva vida que buscabas
Publicado en la revista "Ventanas Abiertas". Madrid 2025
NAI
Nai se levantó, se ajustó la ropa, se alisó el pelo con la mano y comenzó a caminar. Era temprano, la hora en la que de las bocas de metro salían filas de personas jóvenes o menos jóvenes con mochilas. Bolsos, fiambreras y audífonos es las orejas escuchando las noticias o música con volumen, a menudo tan alto, que también los que pasaban al lado podían escucharla. Algunas personas se giraban como pensando que la sordera no tardaría en llegar. Es lo que había ocurrido a Alberto que se quitó uno de los audífonos para escuchar a una mujer de mediana edad que gesticulaba enfrente de él para que la escuchara. Alberto no tardó en gesticular igualmente haciéndole saber que le dejara en paz porque ella le indicó que no le apetecía escuchar su música tan alta ya que, aparte de que no le gustaba, le impedía leer su libro.
Los comercios aún no habían abierto, pero ya se veía movimiento en el interior con el personal que encendía las luces; ordenaba las mercancías, preparaba las cajas registradoras para que funcionaran diligentes. A Nai le gustaba este momento en que la ciudad se encontraba entre dos luces porque el sol no había salido, pero se vislumbraba el amanecer acompañado de las lámparas encendidas de las aceras, los faros de los coches que pasaban en tromba en la apertura de los semáforos y las luces de los comercios. Sin embargo, pocas cafeterías habían abierto ya. Algunas recibían a su clientela habitual con los aromas habituales de churros, bollos y café con leche.
También estos aromas le gustaban a Nai, se deleitaba con los ojos cerrados, imaginándose sentado a una mesa delante de un tazón de chocolate y un par de porras calientes y aromáticas. Su cerebro se conmocionaba ante estas sensaciones de calor, sabor y olor.
Sus padres continuaban durmiendo arropados hasta la nariz; la noche había sido fría, pero el sol traería una nueva percepción de calor. Nai comenzó a desandar el camino para regresar con sus padres. Le gustaría prepararles un desayuno bien copioso con pan caliente, huevos revueltos, queso, mantequilla y dos buenos cafés bien humeantes. Se imaginaba sus caras frente a tal festín tan de mañana aún sin estar completamente despiertos.
Apresuró el paso porque, conducido por su imaginación exuberante, se había alejado demasiado observando los vestidos modernos y coloreados de las mujeres como paletas de pintores. No apreciaba el universo gris, marrón azul oscuro de muchos hombres. Se preguntaba por qué ellos no se atrevían con los colores de las flores de primavera igual que las mujeres. A él le gustaba el estilo de un músico que había visto en el poster de una marquesina; él sí que era original. Después se enteró de que era un violinista también venido de lejos; eso le parecía evidente por su pelo largo rizado, sus ojos y su tez oscura, y su nariz aguileña.
Vio pasar una camioneta de reparto y esta vez echó a correr. Consiguió llegar a la esquina donde sus padres aún estaban en la cama improvisad con un colchón y mantas donde Javier ya les repartía el café con leche y unas magdalenas; a él le tocó cacao y también un par de magdalenas. Javier le revolvió el pelo y medio sonriendo le dijo:"Espero que pronto conseguiré un techo para que no tengáis que estar en la calle. Quedarán puestos libres en algunos hogares, aun así, espero que como familia os corresponda algo mejor para estar más tranquilos y organizar vuestras vidas como cuando estabais en Siria
Publicado en la revista "Ventanas Abiertas". Madrid-1924
La sonrisa congelada

La sonrisa surgida en sus labios se congeló mientras sus ojos expresaban la incredulidad, la decepción, la aceptación. La apresuración de su hija por disminuir la importancia de sus viajes. Inconcebible. La alegría atesorada, la ilusión, la impaciencia del relato, la exposición de los lugares soñados, el entusiasmo; todo relegado con un simple "bueno, ya lo sabemos, impresionante que apenas lo descubras". Su preferida, la que aprendía de él, la que le imitaba, la que exigía, la que se imponía. Desasosiego por la posible coincidencia de que así fuera. IMSERSO. Agencia de viajes de los jubilados, de los mayores según el eufemismo actual en boga; posibilidad de recorrer infinidad de lugares dentro y fuera de España: Roma, Budapest, Mallorca, La Puebla y el lago de Sanabria, Tenerife. Invariablemente la misma reacción a cada regreso.
Análoga incomprensión en la vertiente contraria. Se preguntaba la razón que la empujaba a menospreciar al padre que, con tanta ilusión, ardía en la impaciencia de compartir, de explicar sus experiencias, sus novedades. Apremio por anular la soberbia contenida en la alegría paterna. Ignorancia de su propia soberbia. Arrogancia juvenil con la imposibilidad del reconocimiento de las hazañas del mayor. Vanidad convertida en superioridad por el conocimiento directamente recogido de la universidad; soberbia incapaz de gratitud ante los logros de los menos afortunados en el paso por los templos del saber.
Menosprecio alimentado desde la niñez en paralelo a la admiración. Su padre era el espejo en el que se miraba, la rectitud, la honradez, la sencillez. También encarnación de lo evitable. Obstinación, inmodestia, ínfulas de grandeza, imposición, humillante, severidad, intolerancia. Más tarde, ignorancia. Niñez aupada por el amor, la ternura, la suavidad. Adolescencia marcada por la rectitud, el escarnio, la imposición. Juventud encabezada por la oposición, el enfrentamiento y la querella.
Intuición de que no llegó sola a tal desenlace. Sospecha de comportamiento inducido, si no voluntariamente, sí indirectamente. Confesiones maternas sobre la dureza del hombre, humillaciones, amenazas. Recuerdos de desprecios hacia el marido en cosas insignificantes como el intento de producción de mosto con un pasapuré, o la confusión entre champú y gel de baño. Seguridad en la desavenencia de los padres, del rencor creciente en la madre, de la desilusión del padre, la pequeñez íntima de la madre, grandeza íntima del padre; deseos de separación de la madre, deseos imposibles del padre. La personalidad y el carácter de la madre perennes, incambiables frente a la seguridad de él, de que su mujer no comprendía nada, de quererla fuerte espiritual, o políticamente, a semejanza de las mujeres de sus compañeros, o de otras alegres y modernas. Ignorancia, indiferencia de él hacia la fortaleza de ella para llevar la casa, para las costuras sin fin convirtiendo lo viejo en nuevo, estirar el ralo sueldo de él; para sobrepasar el miedo ante la adversidad de la policía a la puerta de casa o la obligación de desaparición de objetos comprometedores. Fortaleza para las mudanzas, para la adaptación y cambios de residencias y de vida.
Esto pensaba la hija mientras paseaba por la Puebla de
Sanabria admirando el castillo, la iglesia, las calles empedradas o los
gigantes y cabezudos. Pensaba en el padre que sólo después de la jubilación
pudo disfrutar de viajes que, de no ser por el IMSERSO, no habría podido
disfrutar. Reflejo de tantos jubilados cuya posibilidad de disfrute llegó con
la jubilación. Mezcla de ternura, de orgullo y de satisfacción por todo lo
conseguido a lo largo de sus vidas. Orgullo y cariño repartidos por igual hacia
sus hijos, sus nietos, sus mujeres. Sólo papá viajaba solo, porque el orgullo
herido de mamá, el rencor acumulado, le impedían acompañarlo. Solo papá debió
comprarse una alianza para indicar que, a pesar de viajar solo, lejos de estar viudo,
continuaba casado
OCtubre 2021
Aire
La fascinación que había sentido hizo que los folios deslizasen de sus manos; a continuación sintió tal desconcierto y sobrecogimiento, que creyó marearse, como si el suelo desapareciera bajo sus pies.
Estas sensaciones venían dadas por la lectura de una simple historia, un cuento de Emilia Pardo Bazán titulado "Aire"; en él la escritora hablaba de una "loca" interna en un manicomio, pero no era una loca agresiva ni peligrosa, sino una de esas "locas de agua mansa, sin arrebatos, sonrientes, dulces, apacibles en apariencia, presas de "locuras del aire" como lo había sido la Ofelia de Hamlet.
Esta pobre chica se había convencido de que no era nadie, solamente aire, sin ni siquiera poseer un cuerpo. Llegó a esta convicción porque su novio la apremiaba para que le entregara lo que ella defendía con tesón, su pureza, su honra. Su acérrima defensa provocó en él una reacción de sumo desprecio, por lo que le dijo que no era nadie, que era más fría que el aire. Cecilia, que así se llamaba la joven, se recluyó en sí misma repitiéndose que no había podido satisfacerle porque sólo era aire.
Marta dejó que su mente vagase y casi sin darse cuenta se encontró pensando en la sociedad decimonónica en la que, una joven de clase social humilde conocía innumerables obstáculos para mantenerse pura; no faltaban los señoritos pretendientes, conquistadores de sirvientas, modistillas, tenderas o niñeras, a las que no dudaban en abandonar una vez la conquista realizada, o a la que impedían encontrar un camino propio en la vida, ya que a partir de entonces, pasaba a depender de su "dueño". Como muestra tenemos a Fortunata, seducida y enamorada de Juanito Santa Cruz, casado con Jacinta. Una vez caída en las redes del seductor, Fortunata ya no encontró la forma de reconducir su vida, y cuando pretendía intentarlo, aparecía el señorito Santa Cruz para impedirlo.
Cecilia recordaba a Marta su propia adolescencia en la que la confrontación más dura era la de defenderse contra los chicos que no se contentaban con los cortejos galantes sin besos ni tocamientos hasta que, aburridos, decidían probar suerte con otra posible incauta. La segunda confrontación cruenta aparecía en los bailes, defendiéndose de los estrechamientos cuyo objetivo era el del frotamiento. Relaciones impuestas por un estado autoritario e implacable en el que ni unos ni otros encontraban satisfacción. Del mismo modo Cecilia, decidida a defenderse y conservar el respeto social, se vio abocada a la locura.
No obstante, la conmoción más profunda llegó al hilo de las líneas; las palabras escritas le hicieron visualizar a Gloria, que ella había conocido muy bien. También Gloria, como Cecilia, era costurera y estaba convencida de que no era nadie, de que no comprendía nada y de que no sabía nada. Su rostro se iluminaba con una sonrisa indefinida e inescrutable, cual Mona Lisa en su cuadro. En aquellos momentos era dificultosísimo averiguar si comprendía o no, si aceptaba o no, si había escuchado o no. Sus risas eran estremecedoras pues se veía claramente que reía, si bien su prolongamiento, impedía la diferenciación entre la risa y el llanto, hasta tal punto que los que la rodeaban cesaban en sus propias risas sin saber bien lo que estaba ocurriendo.
A Gloria le llevó muchos años el construir un cofre hermético con sus risas y sus sonrisas; en él encerró con llave los gritos de su marido, los enfados virulentos y gesticuladores, su desprecio por no ser una mujer audaz como las de algunos de sus amigos, el intento de infidelidad de él e incluso el intento de abandonarla por otra mujer cercana a la familia. Dentro de aquel cofre había varios compartimentos, en el segundo encerró las acusaciones de infidelidad de otros familiares hacia ella, e incluso sus desprecios. En el tercero encerró su hastío moral, su cansancio vital, el agotamiento del trabajo sin fin, de la asunción de las tareas más difíciles y complicadas, el cuidado de los hijos, los milagros para cocinar hasta cada final de mes. Y sobre todo encerró sus sueños, sus ilusiones, sus esperanzas. Aún quedaba un pequeño compartimento en el que encerró la esperanza de que sus hijos cuidaran de ella como ella anhelaba. Sus hijos escogieron caminos incompatibles con sus esperanzas; no la abandonaron, pero sus vidas no correspondían a lo que ella había deseado, y tampoco la convirtieron en la matriarca directora de hijos y nietos como había ocurrido con algunas de sus hermanas.
En cambio sus ojos dejaron de mirar al presente y al futuro, se volvieron hacia el pasado, aquel pasado que pudo haber sido y no fue; se refugió en la idea de que su vida habría sido mucho mejor de no haber cometido el error de dejarse llevar por el orgullo en su juventud. Su vida se adornó con la nostalgia de aquel pasado que nunca fue, de la melancolía de que nunca sería, y aceptó la parte de cuidado que le brindaron sus hijos dejándose atender como si de una niña se tratara, no de una matriarca.
Y así vivió, presa de su sonrisa como defensa y protección de una sociedad que no era la suya, de unas imposiciones de invisibilidad que nunca aceptó, de la angustia de que su vida nunca cambiaría, de la amargura de que pasaba por la vida sin ser ella, de no ser nada más que una sonrisa que iluminaba su rostro sin expresar casi nada, aceptando ser dependiente, objeto de burlas o de respeto. Gloria era una sonrisa que alegraba y acongojaba a partes iguales. Le gustaba sentarse en silencio hasta que la oscuridad del crepúsculo ocupaba la estancia. Cuando sus hijos la descubrían en la penumbra, solo encontraba palabras para decir que estaba bien así, que no pensaba en nada, que no le sucedía nada, que no se preocuparan.
Aceptó todo lo que le sobrevenía sin rechistar, con la pasividad de quien no es nadie ni nada. A veces le bastaba sentirse acompañada sin hablar, sin participar, sin molestar, como una seta crecida en el salón sin saber cómo. No aspiraba nada más que a estar allí, y así vivió, dejándose alimentar, dejándose vestir, dejándose llevar de paseo, olvidando quién la visitaba, adentrándose cada vez más en el pasado.
Y así se fue, en silencio, en soledad, sin molestar. Ella que nunca había sido nadie, se fue sin ser casi nadie y acompañada por casi nadie. Dejó su recuerdo y el dolor de su desaparición, a pesar de que se había convencido de que no sabía nada, no comprendía nada y de que no era nadie.
Julio-2021
Nebulosa espiritual
Me he despertado con una sensación extraña. Respiro un cálido perfume de flores, escucho sonoros trinos de pájaros y sin embargo, aún no es primavera. Todo me resulta difuso; la ausencia de límites parece propio al universo en el que me encuentro. El negro inicial ha variado hacia el gris; a continuación, el blanco ha invadido el aire. La idea del aire es muy particular porque no lo veo pero debe de estar presente, de lo contrario, no podría respirar ni vivir. De repente me invade un nuevo aroma a hierba húmeda de Rocío y de tierra fresca removida por la lluvia.
Multitud de sensaciones me invaden; mis sentidos se multiplican al máximo, excepto el de la vista. Tengo la impresión de que son mis ojos los que están en blanco, aunque un sexto sentido me dice que no, que no soy yo, sino todo lo que me rodea. Me siento extraña; siento la ausencia de soledad. La extrañeza de tal sentimiento me hace sobresaltarme. Espero que no aparezca ningún espíritu; es lo único posible dentro de tal falta de delimitaciones. Me siento flotar; mis pies no se apoyan en ninguna superficie sólida; el horizonte parece más lejano de lo que es en realidad; mis manos no alcanzan nada que detenga su movimiento ni la extensión de mis brazos.
La nebulosa que me envuelve me lleva hasta las leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, el poeta sevillano que tanto me hizo soñar y temblar mientras lo estudiaba en el colegio. Sus misterios me conducían a universos paralelos lejos de la realidad, la inquietud de su fantasmagoría me llenaba de inquietud y de intriga; nunca antes me había sentido atraída por los camposantos, la última residencia de tantos seres que ya eran incorpóreos porque, tal como aprendimos en clase, la materia ni se crea ni se destruye, sino que se transforma. Y siendo así, sería lógico pensar que nuestros seres queridos nunca nos han abandonado, nunca se alejaron sino que sus espíritus son pura energía que quizás, se encuentre a nuestro alrededor.
De nuevo otro aroma me extrae de mi abstracción. No comprendo muy bien y aun así veo que la inmaterialidad de mi entorno comienza a concretarse; esta vez reconozco algunas flores ante mí. Veo unos muros que me habían pasado desapercibidos, algunos árboles y numerosas manchas de colores entre los que predomina el blanco, el gris e incluso el negro. De repente todo está claro. Estoy rodeada de tumban adornadas con nombres y filigranas, cubiertas de flores. Lo que me rodea es una paz anónima y silenciosa. Una paz, empero, llena de rumores de nombres y de conversaciones inexistentes. Estoy sola y sin embargo, mi soledad está rodeada de compañía.
El silencio se ha resquebrajado por una asombrosa luminosidad, un estruendo que me ha sobresaltado sobremanera. He abierto los ojos y he comprendido que estaba soñando Me giro hacia el despertador digital que, además de la hora, también me indica la fecha. De momento todo parecía normal, pero no he tardado en recordar que por estas fechas me invadió la tristeza de la desaparición de Mauro. Me cuesta aceptarlo, y sin embargo debo asumir que se ha cumplido un año desde que se fue. Mis sueños me han llevado hasta él; en realidad no sé si soy yo la que he ido a visitar su universo etéreo o si, por el contrario, es su incorporeidad la que me ha visitado para recordarme que estamos rodeados de energía que parece ser la materia transformada de todos los que nos acompañan.
Abril 2019
Odio
Dentro de una habitación a oscuras, una vecina se
pregunta qué es lo que la ha despertado. Recuerda el rumor de una puerta
cerrándose con estrépito. Unos pasos rápidos y unas risas ruidosas la han
sobresaltado; después, despertado.
Poco a poco fue recuperando el ritmo armonioso de los latidos y la respiración. A medida que se calmaba, reaparecieron imágenes del pasado. Un barrio en las afueras. Vecinos con profesiones manuales en la construcción, mantenimiento, reparaciones. Vidas humildes no siempre tranquilas. Ausencias de padres ocupados en trabajar. Desplazamientos cotidianos de varias horas en idas y venidas de fábricas, talleres, almacenes. O de la limpieza de oficinas, escaleras, aeropuertos, domicilios particulares. Madrugones obsesivos; trasnochadas depresivas. Regresos con altos en el supermercado buscando provisiones para la cena o el desayuno.
Desesperanza de los progenitores de regreso al hogar. Hogares vacíos, proles desertoras de la convivencia familiar, de la colaboración filiar, del cariño, la ternura, el agradecimiento a los esfuerzos de unos padres obsesionados por el futuro de unos hijos plenos de desesperanza, convencidos de que el futuro pertenece a otros.
Padres sugestionados por la idea de la esterilidad de sus crueles sacrificios. Padres agotados por las largas jornadas de trabajo y desplazamientos; cuerpos arrastrados por pies incapaces de elevarse del suelo; caminar vacilante de plantas rozando el asfalto camino de viviendas sociales de las que salieron al amanecer.
Barrios convertidos en guetos de mala reputación, medio aislados por la escasa frecuencia de transportes públicos; condenados por el fracaso escolar reinante, el ausentismo escolar culminado en constantes visitas a hipermercados y centros comerciales, cuyo eslogan de compras fáciles no ayuda al consumo real de adolescentes sin un céntimo en el bolsillo.
Grupúsculos refunfuñones por el rencor instalados en la convicción de la grandeza solidaria de amigos idénticos a ellos. Sempiternas tardes pasadas sentados en los bordillos de sus calles, en los bancos, en los parques, o en estaciones de servicio. Rencor transformado en odio expresado en el sarcasmo, y la violencia verbal del que no tiene nada que perder.
Pequeños traficantes engrandecidos por el poder que les otorga el fruto de su comercio; entes prepotentes ante sus acciones gradualmente crecientes en importancia delictiva. Conquista del miedo de sus vecinos interpretado como respeto; principalmente de sus mayores, extenuados en el ejercicio de un trabajo insuficiente para extirparlos de la pobreza. Conflictividad permanente con unos padres que no admiten el desvío social de los hijos; esos hijos que ellos pretendían aupar a cierto nivel social, usando los escasos recursos de su laboriosidad.
Bandas de jóvenes cuyo proyecto de vida se convierte en sembrar el pavor dentro del barrio. Deterioro del mobiliario urbano que convierte al lugar en zona medio fantasma; barrio deprimente para los escasos vecinos que consiguen mantener el ánimo del triunfo, obtenido por el trabajo o el estudio. Bandas de gallos con pechos abombados en el elogio de su saber hacer, de la falta de escapatoria, de la imposibilidad de algún día vivir en zonas burguesas en las que las vidas discurren dentro de una real o aparente calma económica.
Gallos adolescentes, jóvenes convencidos de que la imposición de sus propias reglas de convivencia y las leyes del grupo son las únicas posibles dentro de su gueto. Grupos altaneros cuya soberbia somete a sus semejantes dentro de nuevos estatus de subordinación, o incluso de sumisión. No les dejan otra posibilidad que la obediencia a los dictados de las drogas y las armas. Se consideran nuevos caudillos instalados en el poder de la juventud, de la hombría de varones sin conocimientos; ávidos de triunfo y poder. Nuevos déspotas, sembradores del miedo sexual; represores de hermanas, amigas y vecinas. Fomentadores del pavor necesario para la aparición de grupúsculos contrarios; esta vez, defensores de sus derechos arrebatados por los nuevos déspotas. Vecinos, padres, hermanas contra la imposición de la ignorancia poseída por el odio y el rencor.
Un día, los vecinos se despiertan con la desaparición de alguno de estos hostigadores sin compasión, incapaces de superar los escollos que los encierran lejos del centro histórico, turístico y pudiente La extrañeza no durará demasiado bajo el peso de la cotidianidad de sus vidas. La extrañeza multiplicará su capacidad hasta el infinito cuando, de nuevo, un día descubran que el desaparecido regresó, y no para el bien de la comunidad. Los periódicos o la televisión, les mostrará el incomprensible comportamiento de uno o varios sujetos decididos a morir con tal de herir gravemente al mismo estamento del que se estiman separados. Consideran que este estamento los apartó de sus filas; fracasó en actitudes públicamente fraternales; internamente injustas diferenciadoras.
Los vecinos mantendrán enormes ojos desorbitados ante noticias incomprensibles. El mundo que aceptó a sus padres con la promesa de un respetable medio de vida, una posibilidad de futuro, se convierte en objetivo de venganzas incomprensibles. Los vecinos renegarán de estos elementos descarriados manifestándose en contra, (muy a pesar del sentimiento parental reclamando el regreso del hijo descarriado tiempo atrás); agradecerán la acogida de la sociedad, incluso recluidos en guetos infames y desprotegidos. Rogarán al regresado que se aleje, que no venga a perturbar su ya difícil existencia. Los vecinos no se engañan, saben que las represalias caerán sobre ellos mediante la desconfianza y la hostilidad de otros vecinos. No podrán lavar sus lejanos orígenes, su físico que se asemeja al de los malhechores.
Los vecinos rompen lanzas a favor de otros vecinos, que aseguran haber llevado la civilización al mundo, la democracia y el desarrollo. A pesar de ello, no comprenderán la razón por la que otros elementos desarrollados, cuestionan la incomprensión civilizada de lejanos y multitudinarios muertos, cuando cerca de ellos, las desgraciadas víctimas no son sino un pequeño puñado sin más.
La televisión bombardea los hogares con masacres insignificantes por su lejanía de las casas, las mesas, las escuelas u ocios diversos de los vecinos. Utilizan teléfonos, coches, máquinas varias convencidos de que el mundo funciona bien gracias a la aportación y exportación de ideas, estructuras y prácticas de la sociedad que los acogió, y en la que se instalaron.. Su propio convencimiento les obliga a decidir que la pobreza, los abusos y la desigualdad que campan a sus anchas en recónditos lugares, muestran la incapacidad de gestión política, económica y social de sus gobernantes Un día los vecinos descubrirán en la televisión que la comodidad de sus vidas caramente pagadas, dependen directamente de los abusos cometidos en aquellos lejanos lugares.
Los vecinos se preguntan la razón de la presencia del odio en sus vecindarios, en sus guetos. Se preguntan si su dificultad de acceso al consumo, a la propiedad, a los títulos universitarios, se relaciona directamente con el odio de sus hijos, los hijos del gueto. Día a día se cruzan con los pequeños camellos, traficantes de barrio. Día a día discuten con los más jóvenes que prefieren el uso de las armas al uso de la palabra o del conocimiento. Día a día se preguntan en qué se confundieron para que sus hijos carezcan de respeto, generosidad y amor hacia el prójimo, hacia los suyos y hacia ellos mismos.
Un día, en la televisión o los periódicos, verán los delitos de sus hijos. Los verán perseguidos en cazas despiadadas por haber dado caza ellos mismos, a otros elementos con los que no mantuvieron ninguna relación personal ni directa ni indirecta. Los verán ametrallados por haberse atrevido a arrebatar la vida a ciertos símbolos de los estamentos. Los estamentos que exportaron el convencimiento de la existencia de los derechos y la igualdad para todos.
La vecina despertada abruptamente, se dirige a la cocina, y mientras prepara el desayuno se pregunta, si los acontecimientos pasados que la han sacado de la cama son fruto de un sueño o de la realidad.
15 de noviembre de 2015 (En memoria de los atentados en París el 13 de noviembre de 2015)